Parecía un domingo más de resaca, pijama y sofá. Pero mi barba de dos días y el desorden de la casa delataban la atmósfera de provisionalidad en que se sumía mi existencia. Todos los intentos de días atrás por recuperar a Isabel habían resultado baldíos. Y la desconcertante entereza con que ella apuntalaba su negativa a salir conmigo me hacía sospechar que ya se había ilusionado con otro durante aquel absurdo paréntesis estival de inundaciones en Madrid. Frustrado, me convencí a mí mismo de que había llegado la hora de tirar la toalla, de que debía sacar el as que llevaba escondido bajo la manga. Un as con forma de otra mujer que conocí ese mismo verano.
De repente, la llamada de su hermano Jorge dio un giro inesperado a la partida. Me aconsejó que viera la película favorita de Isabel, “El Rey Pescador”. Así comprendería mejor sus entretelas de soñadora compulsiva. Sentí curiosidad. Con la bragueta abierta me fugué de casa en dirección al videoclub. De vuelta, colé la cinta en el DVD. En una escena, un mendigo hacía una silla con parte del tapón de una botella de champagne y, en un derroche de espontaneidad, se la ofrecía a la mujer que amaba. “En la basura se encuentran pequeñas cosas”, le decía de forma lacónica.
Decidí imitarle. Gastar el último cartucho. Congelé la imagen de la silla en el vídeo. Abrí una botella de Lambrusco que la providencia había dejado en la nevera junto a un par de yogures caducados. Con dificultad, convertí la chapa y el filamento metálico que recubrían el corcho en una silla con el respaldo en forma de corazón. Empleé toda la tarde. Nunca fui un manitas.
La puta silla me sirvió para confirmar, horrorizado, que aún consideraba a Isabel el mejor invento después de la mayonesa. Y que el as de mi manga, el as con forma de otra mujer, tan sólo era el dos de picas.
Carlos Azofra
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sábado, 17 de febrero de 2007
La puta silla (un cuento incomprendido)
Publicado por Déjame contarte... a las 12:49 4 comentarios
Etiquetas: Carlos
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