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lunes, 2 de julio de 2007

La tienda de música

Durante el día, la calle era un hervidero de personas que caminaban demasiado deprisa. Al joven le gustaba pasear tranquilo por la tienda de música, porque era ciego y allí dentro casi todo estaba siempre en su sitio.

La primera vez que hizo sonar un oboe, soplando a través de su boquilla, creyó saber que lo que deseaba en la vida no era dedicarse a la música.
Eran más de las ocho y la única persona que quedaba en la tienda, era él. Los dos dependientes veían al joven recorrer con sus manos los instrumentos, sobre todo los de viento, y aunque iba bien vestido, no le quitaban ojo por si se llevaba algo. En una esquina bien iluminada, frente a la insistente mirada de los dependientes, estaba la flauta de oro. El joven se paraba ante ella y la tocaba con las yemas de los dedos mientras parecía imaginar el color de su sonido, más cálido que ningún otro.
Un instante antes de la hora del cierre, sacó un pañuelo de seda azul de su chaqueta, lo colocó sobre la flauta dorada durante unos segundos y cuando lo recogió, arrugándolo entre sus manos, el instrumento ya no estaba allí. Sonaron todas las alarmas. Un guardia de seguridad se echó encima del joven y lo redujo en el suelo. Él sonreía mientras lo esposaban y al pasar junto a la esquina inundada de luz, todos vieron como la flauta de oro brillaba de nuevo en su lugar.
Entre oboes, flautas, clarinetes y ocarinas, el joven mago supo que lo que deseaba en la vida no era dedicarse a la música.



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viernes, 16 de febrero de 2007

La primera vez

La vigorosa figura del hombre irrumpe en la habitación. Cuando adivino su presencia, una mezcla de miedo y placer recorre mi espalda.
-Desnúdate. Fuera todo –me ordena con voz grave-.

Una luz dorada ilumina las prendas que –una tras otra- van cayendo a mis pies.
-Ahora junta las muñecas.
Con destreza, el hombre pasa el extremo de la cuerda sobre el dosel de la cama y tira de él, obligándome a mantener los brazos en alto. Siento la total desnudez de mi piel un instante antes de verme mancillada por el cuero caliente de su látigo.
Los golpes desgarran mi carne. Antes de soltar todo el aire de cada entrecortada respiración, un intenso zarpazo de dolor sacude mi cuerpo. Una pausa más larga, durante la que el escozor se hace insoportable, me devuelve las punzadas, los desgarros, la violencia de cada caricia.
-¿Podré resistirlo? –pregunto con un hilo de voz-.
El hombre en silencio, posa sus dedos sobre mis labios para que no hable. Libera mis muñecas de la cuerda lacerante y me derrumbo en sus brazos. Me duele hasta la sangre.
Tendida sobre la alfombra, el hombre vuelve mi cuerpo de costado para mostrarme la ternura de su rostro. Esbozo una leve sonrisa.
Apenas puedo escuchar sus pasos mientras se aleja.

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viernes, 19 de enero de 2007

Viaje imperfecto

Hace calor. Siento mi piel húmeda bajo el jersey y miro hacia el suelo porque me intimidan los ojos de la gente que hay a mi alrededor. Pienso en la puntera de mis botas, en su elegancia afilada, y así pasan los minutos. Todo se para, nos paramos. Unos salen, otros entran y nuevas miradas se clavan en mí. Un hombre con rasgos eslavos toca el acordeón. Frente a él, un niño negro lo contempla admirado. Los dedos del hombre acarician el instrumento produciendo melodías que a todos nos transportan, pero nadie lo mira, sólo el niño. Sus ojos y los del hombre, iluminan este espacio cerrado y claustrofóbico.

Todo se para, nos paramos. Nadie sale, nadie entra. Tan sólo la música atraviesa el enorme muro transparente que nos separa a todos. Advierto a unos metros a una mujer joven. Está de espaldas a mí. Sostiene un periódico en sus manos y un movimiento brusco hace que cambie de posición. Es entonces cuando puedo ver su rostro, marcado por profundas arrugas que reflejan, ahora sí, su verdadera edad.

Todo se para, nos paramos. De las páginas de mi libro, mis ojos se desvían a las páginas del libro del hombre que tengo a mi lado y comienzo a leer... "Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. En el caso de un poema, no: es una idea más general, y a veces ha sido la primera línea. Es decir, algo me es dado, y luego ya intervengo yo, y quizá se echa todo a perder". La luz se apaga unos segundos, miro al techo y me quedo pensando. ¡Todo parece tan simple! Acaricio, una vez más, el cuaderno de pasta verde que siempre me acompaña e imagino palabras con las que henchir su blancura interior.

Todo se para, nos paramos. Salen todos. Miro a un lado y otro, pero no queda nadie. Se reanuda la marcha y un zumbido antes imperceptible se interna en mis oídos y se acurruca en ellos hasta desaparecer y convertirse en silencio. Siento angustia en este encierro solitario mientras que el olor húmedo de los túneles se hace cada vez más penetrante. Pienso en la noche que se acerca, en tus ojos entreabiertos, en tu respiración, en tu sangre. Pienso en tus manos, en tu luz, en tu grito.

Todo se para, mis pensamientos se paran. En los letreros de la estación descubro que ya he llegado. Pulso el botón que abre la puerta y me pierdo entre ríos de personas que caminan como autómatas en diferentes sentidos. Quiero salir de aquí, necesito respirar y sentir el universo ante mí. Corro por los pasillos y subo las escaleras de dos en dos. Salgo a la calle, despliego mis alas y percibo una voz que susurra... vuela.

A.J.R.

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