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viernes, 29 de junio de 2007

La despedida


El hombre mudo se ha fijado en la mujer de los ojos negros. Todos los días se ven a la misma hora en el vagón del metro, cuando van a trabajar.
Al principio, en cuanto ella mira, el hombre mudo baja momentáneamente la vista para que no piense que es un descarado. A la mujer de los ojos negros le gustaría que alguien le dijese que la quiere. Los hombres enseguida le dicen que sus ojos negros son muy bonitos, pero sólo tienen una idea fija, llevársela a la cama. Desearía pensar que él fuera distinto de los otros. Parece tan tímido y tan misterioso.
Después de muchos días mirándose, la mujer de los ojos negros decide ponerse especialmente sexy para ver si se lanza a decirle algo. El hombre mudo la mira con pasión, pero nada más. Entonces la mujer de los ojos negros resuelve tomar la iniciativa y le saluda. Pero para el hombre mudo dar una contestación a su saludo no es suficiente. Él aspira a algo más. No va a conformarse con un vulgar saludo. El hombre mudo quisiera decirle que la quiere, pero no puede. La mujer de los ojos negros queda muy decepcionada al no responder a su saludo.
Desde ese momento desaparece el hechizo. El hombre mudo sabe que la ha perdido, lo sabía de antes. Ha sido la despedida definitiva y el hombre mudo ya no volverá a ver a la mujer de los ojos negros.



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viernes, 2 de marzo de 2007

Soneto del silencio a la palabra

Desde el total silencio de la mente,
comienzan a surgir los pensamientos,
que no paran y crecen por momentos,
mientras llegan recuerdos de repente.

Y suena la primera voz naciente,
seguida de otras que alzan sus acentos,
hasta que el tono baja y se hace lento,
y regresa el mutismo nuevamente.

Después los pensamientos languidecen,
a medida que van adelgazando,
hasta que al fin aquellos enmudecen.

Y de nuevo el silencio está reinando,
y luego pensamientos que florecen,
y más tarde palabras resonando…

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martes, 23 de enero de 2007

El Príncipe y el Dragón

Él era el príncipe definitivo,
el que había encontrado tras besar muchas ranas,
el que elegí quizás por cansancio, al ponerme las lentes de no ver,
para negar la realidad y quedarme con lo que había soñado.

En cuanto le descubrí, desplegué todos los encantos de mujer descomplicada,
fui más silenciosa que una anacoreta,
más complaciente que una prostituta,
borré el No del diccionario
y serví el café con leche como una geisha disciplinada.

Hasta que un día el dragón interior me poseyó,
se le inflamaron las fauces,
y del fuego de hasta aquí hemos llegado,
nació un no me da la gana como un castillo.

A partir de entonces me negué a ser amordazada,
a estar poseída por el deseo de otro,
o a ser una simple muñeca manipulada.

Entró a saco el Terminator que desplazó a la Barbie,
emergió un ser altamente respetable que expresó sus opiniones,
y que en vez de tomar pastillas para dormir,
empezó a tomar decisiones.

FS.

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